La educación michoacana: entre narrativas y legados

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ENE
07
2026
Erick Avilés Morelia, Mich. Los Reyes Magos llegaron ayer a Michoacán. Las calles se llenaron de niñas y niños buscando ansiosamente entre cajas y moños los juguetes que pidieron con la fe. Pero los regalos más importantes, aquellos que determinarán el futuro de más de un millón de estudiantes michoacanos, permanecen aún envueltos, esperando ser abiertos el próximo 12 de enero cuando un millón 247 mil estudiantes regresen a las aulas.

¿Qué pedirían nuestras niñas, niños y jóvenes en su carta a los Reyes Magos de la educación? Seguramente, maestras y maestros completos, bien pagados y con condiciones plenas para estar con ellos durante toda su jornada educativa; escuelas donde sus sueños no se filtren por los techos rotos y aulas donde su dignidad no se quiebre en bancas descompuestas. Pidieron, aunque no sepan nombrarlo así, un sistema educativo que los reconozca como sujetos de derechos y no como estadísticas, que los arrope y los lleve a través suyo en un apasionante recorrido lleno de aprendizajes, cursando trayectorias educativas completas hasta alcanzar un título universitario y, con él, lograr la mejor versión de sí mismos, alcanzando sus sueños y aspiraciones más legítimas.

En la tradición, los tres Reyes Magos llevaron al niño de Belén oro, incienso y mirra. Cada regalo tenía un significado profundo: el oro representaba la realeza, el incienso la divinidad, y la mirra —amarga y medicinal— anticipaba la sanación. Para la educación michoacana, estos símbolos cobran una resonancia particular en este inicio de año.

El oro sería la inversión real, tangible, contante y sonante en infraestructura, materiales didácticos, tecnología y, sobre todo, en la dignificación salarial del magisterio. No el oro de saliva de los discursos, sino el que se traduce en pupitres nuevos, bibliotecas equipadas, laboratorios funcionales y programas socioeducativos integrales que aseguren la permanencia escolar. Ese es el oro que reconoce que, sin recursos suficientes, toda promesa educativa es papel mojado.

El incienso representaría la formación continua, esa que eleva el espíritu pedagógico y que precisamente están recibiendo estos días —7, 8 y 9 de enero— los trabajadores de la educación en Michoacán. Miles de docentes, directivos y supervisores participan en el Taller Intensivo de Formación Continua titulado "Narrativas: Letras que hacen eco", un espacio diseñado para que reflexionen sobre su identidad profesional, su práctica cotidiana y su bienestar integral.

Este taller es una oportunidad para que las maestras y maestros se reconozcan como seres humanos completos, con historias personales que se entrelazan con su vocación profesional. A través de seis tramos de trabajo se invita al magisterio a construir narrativas autobiográficas que den cuenta de su desarrollo humano, profesional y sus experiencias en la escuela.

¿Por qué es relevante esto en el contexto michoacano? Porque el taller busca descubrir cómo se genera y construye la colegialidad, la colaboración y las identidades colectivas, elementos fundamentales en un estado donde la educación enfrenta desafíos enormes: escuelas multigrado en zonas indígenas, alta migración, violencia que permea las comunidades educativas, rezago histórico. Un docente que reflexiona sobre su práctica, que comparte experiencias con sus pares, que identifica prácticas de autocuidado, indudablemente es un docente más preparado para enfrentar estas realidades complejas.

El incienso pedagógico asciende cuando los espacios de formación permiten problematizar y fortalecer la práctica docente y la toma de decisiones pedagógicas. No basta con indicar qué enseñar; es preciso acompañar el cómo, el por qué y el para qué. En un momento donde la Nueva Escuela Mexicana requiere implementación real y no solo normativa, estos talleres son una oportunidad —quizá desaprovechada si se convierten en mera simulación— de dialogar honestamente sobre lo que funciona y lo que no en nuestras escuelas.

La mirra, amarga pero sanadora, sería la verdad incómoda que debemos confrontar: el sistema educativo michoacano padece desigualdades estructurales, burocratización excesiva, falta de evaluación genuina de resultados y una brecha cada vez más amplia entre la educación pública y privada. La mirra es el reconocimiento de que necesitamos transformaciones profundas, no solo ajustes cosméticos ni narrativas fabulosas. Es aceptar que el modelo actual no está generando los aprendizajes que nuestros estudiantes merecen.

Y aquí entra el tercer elemento que entreteje esta reflexión: ayer, 6 de enero, se cumplieron 212 años del natalicio de Melchor Ocampo, uno de los michoacanos más ilustres y comprometidos con la educación que ha dado este estado a la nación.

Ocampo fue muchísimo más que un político liberal que participó en las Leyes de Reforma. Fue, ante todo, un educador convencido de que "un pueblo educado jamás podrá ser esclavizado". Como gobernador de Michoacán, su mayor aporte educativo fue la reapertura del Primitivo y Nacional Colegio de San Nicolás de Hidalgo, cerrado en 1810 por las tropas españolas. No solo lo reabrió; lo transformó en un centro de excelencia académica, proporcionándole un telescopio y un microscopio, así como fomentó la enseñanza del griego, latín y francés. Al partir de este plano existencial legó su biblioteca y hasta su corazón corpóreo.

Su legado para Michoacán es monumental: con la reapertura del Colegio de San Nicolás y al proponer una educación científica y práctica, sentó las bases de la educación moderna en Michoacán. Ocampo entendió algo fundamental: la educación no puede ser un acto de beneficencia ni de adoctrinamiento, sino un derecho que libera y transforma.

¿Qué nos diría Melchor Ocampo hoy, si pudiera recorrer las escuelas de Michoacán? Probablemente lo mismo que dijo hace más de siglo y medio: que la educación debe ser el gran igualador social y el cimiento sobre el cual se construye una nación libre y soberana. Nos recordaría que defendió la educación laica, la educación para las niñas, la educación científica, la educación rural. Nos exigiría congruencia entre el discurso y la acción.

Los tres temas —el Día de Reyes, los talleres docentes y el natalicio de Ocampo— confluyen plenamente: la educación en Michoacán necesita atención, políticas públicas, presupuesto y transformación profunda urgentemente.

El próximo 12 de enero, cuando más de un millón de estudiantes michoacanos regresen a clases, abrirán sus regalos: algunos encontrarán escuelas pintadas y maestros motivados; otros hallarán la misma precariedad de siempre. Por ello es tan importante el trabajo reflexivo y dialógico de las y los docentes que estos días reflexionan sobre su identidad y práctica en el taller intensivo. Cada experiencia que comparten, cada autocrítica honesta y cada práctica de autocuidado que implementen constituyen un acto de resistencia. Su labor docente requiere equilibrio entre sentimiento, pensamiento y acción, solo posible a través de la reflexión. Docentes: no permitan que este espacio se vuelva simulacro; háganlo suyo, háganlo real.

En este 2026 las autoridades educativas deben dar el oro de la inversión suficiente, de las políticas públicas integrales. Deben asegurar el incienso de la formación continua genuina, más allá de la burocracia de las constancias acumuladas. Deben atreverse a usar la mirra de la verdad incómoda para sanar el sistema, sustrayéndose de discursos superficiales.

A la sociedad michoacana nos corresponde exigir rendición de cuentas. En Ocampo, las autoridades educativas tienen un ejemplo histórico y guía para la acción presente. Su legado nos obliga a preguntarnos: ¿estamos destinando recursos suficientes a educación? ¿Estamos priorizando la educación rural e indígena como él lo hizo? ¿Estamos formando ciudadanos críticos o sujetos dóciles? ¿Cuál será el legado que quedará cuando dejen sus cargos? ¿Estarán dejando el corazón o solo saliva, hiel y polvo?

A las niñas, niños y jóvenes de Michoacán hay que decirles: su educación no es un regalo de las autoridades, es un derecho por el que muchos lucharon, incluyendo Melchor Ocampo, quien pagó con su vida su compromiso con las libertades, entre ellas la educativa. No acepten menos de lo que merecen. Exijan condiciones educativas para ustedes y sus maestros, escuelas dignas y contenidos relevantes. Su futuro no debe depender de la buena voluntad, sino de políticas públicas sólidas.

Los Reyes Magos de carne y hueso —madres, padres, abuelas— hicieron malabares económicos para comprar juguetes. Pero los Reyes Magos institucionales, aquellos que administran el presupuesto educativo, que diseñan las políticas, que supervisan la implementación, ¿qué han traído? Esperemos que, el oro de la inversión suficiente, el incienso de la formación docente significativa y la mirra de la transformación honesta, porque son los únicos regalos que realmente importan.

Que el espíritu de Melchor Ocampo, defensor de la educación como instrumento de liberación nos ilumine. Que las narrativas docentes que se construyen estos días sean letras que efectivamente hagan eco en las aulas. Y que los regalos que se abran el 12 de enero, cuando niñas, niños y jóvenes regresen a clase, sean dignos de sus sueños y su derecho a un futuro mejor.

La educación no es caridad. La educación es justicia. Y Michoacán, estado que dio a México herencias de figuras históricas como Ocampo, Morelos y Tata Vasco, merece un sistema educativo a la altura de ese legado.

Melchor Ocampo aparece como el referente histórico que nos interpela sobre la congruencia entre discurso y acción educativa. Es más, para que Michoacán de Ocampo lo sea verdaderamente, necesita imperativamente que sus ideales emancipadores a través de la educación sean una realidad vivida por cada niña, niño, joven y persona en formación en este estado. Los derechos educativos son para todos y son para toda la vida.

Los Reyes ya pasaron. Ahora toca hacer realidad lo que se pidió. Porque como bien sabía Melchor Ocampo: un pueblo educado jamás podrá ser esclavizado. 2026 acaba de comenzar. Las cartas ya se escribieron. Ahora, hagamos nuestra parte para que no queden solo en deseos.

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*Doctor en ciencias del desarrollo regional y director fundador de Mexicanos Primero capítulo Michoacán, A.C.

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