
| ENE 192026 Desafortunadamente el mundo atraviesa por una era dominada por la imprudencia que es la negación de todo límite. El accionar de los líderes políticos del mundo actual dan ejemplo cotidiano de que la prudencia, por lo menos ahora, no será lo que regule la relación entre sociedades, entre gobierno y sociedad y entre sociedad y naturaleza. El deterioro progresivo de esta relación, que debería ser prudente, se ha dado por el incremento, también, de las actividades de subsistencia individual, pero sobre todo de la producción económica masiva, que crece conforme se amplía la economía y la demanda de bienes. La estrategia de crecimiento construye su potencial a partir de objetivos muy inmediatos que dejan en un segundo plano las capacidades biológicas y ecológicas de regeneración de especies y ecosistemas aprovechados. Las afectaciones a ecosistemas por razones de la producción han pasado en el último siglo de daños focalizados en pequeñas zonas o territorios, a fenómenos continentales de consecuencias planetarias. La tendencia incremental del daño ha dado como resultado el Cambio Climático y con ello a la modificación de la temperatura del planeta. Frente a la velocidad vertiginosa del deterioro planetario las acciones para mitigarlo, contenerlo o revertirlo es pasmosa, es la carrera de la liebre contra la tortuga. La acumulación de deterioros a la vez que se expresa en hábitats cada vez menos vitales ocasiona mayores problemas para la sobrevivencia humana y desde luego para la de otras especies. Los indicadores de las economías de las naciones solo miden la generación de la riqueza a partir de la masa de bienes extraídos, transformados y comercializados, pero no hay un solo indicador que de manera paralela mida el daño y los efectos biológicos y ecosistémicos que esa producción propicia. Con seguridad, atrás de un venturoso crecimiento del 5 % del Producto Interno Bruto existe una caída, probablemente en números mayores, de la calidad integral de los ecosistemas intervenidos y de la calidad de vida (no de dinero) de las personas que los habitan. El pragmatismo económico, que como valor domina nuestras sociedades, considera una herejía, o por lo menos de muy mal gusto, que junto a la mercancía venga la valoración objetiva del daño ecosistémico que se ha ocasionado al producirla. La inevitable, aunque lenta velocidad con que la conciencia ambiental está llegando a la sociedad ha permitido que haya reclamos públicos y electorales para que este existencial problema sea considerado como cosa pública. Y lo han hecho los agentes económicos y políticos, pero de una manera tan tibia y en ocasiones tan tendenciosa que hoy muchas mercancías de origen cuestionable se promueven con la etiqueta de "ambiental". Las economías siguen operando en el primer cuarto del siglo XXI con el mismo optimismo extraccionista de la Revolución Industrial, como si la tierra no tuviera límites, como si los recursos fueran infinitos y la estabilidad ecosistémica que posibilita nuestras vidas, fuera eterna e inalterable. Esta contradicción entre el deterioro de la vida planetaria a manos de nuestra especie homo sapiens y la negación a la aceptación del problema y menos a tomar acciones para detenerlo o revertirlo por parte de nuestra especie, debe reconocerse como crisis civilizatoria. Es decir, somos una especie cuyos valores excluyen los riesgos y valoraciones existenciales que se derivan de la actuación económica en nuestro propio planeta. Es más, son los propios valores que nos rigen en nuestra vida económica y por ende en nuestra relación con todas las demás especies los que están destruyendo las oportunidades futuras de vida. Las ideas de progreso, riqueza, goce, consumo, nos han salido tan caras que su precio se estará pagando por el colapso de la civilización tal y como la conocemos hoy. La tierra tiene límites, el planeta tiene límites, no puede soportar las exigencias abrumadoras de nuestros sistemas económicos, de apetitos insaciables, como hasta hoy lo estamos haciendo. Ante la codicia ilimitada de la humanidad el límite de la tierra es la frontera que solo podrá traspasarse a costa del fracaso civilizatorio. Esta es una verdad que toda conciencia humana debe conocer y reivindicar como valor fundamental para darle sentido a su existencia en este mundo. Sin planeta no hay vida; sin prudencia no hay ojos para reconocer los límites. |